viernes, 25 de diciembre de 2015

Comic

1984 víboras de metal 
me criaron
Anarcoma y Ceesepe 
me amamantaron
y por los pasillos 
de un Hermético Garaje
di mis primeros 
y herráticos pasos.

Líneas claras,
textos oscuros
y mi futuro incierto,
como el del comic.




Lo di todo

El mensaje era claro, conciso, breve y letal. No insistas, decía.
No iba a dejarme acojonar a estas alturas. Estaba desesperado y, para mí, cualquier cosa similar a un plan, por descabellado que fuese, era lo más parecido a una gran idea.

Éste, sin lugar a dudas, era el plan más descabellado que se me había ocurrido jamás.
Necesitaba creer que existía una salida, que no iba a pasar toda mi vida siendo el mismo jodido mediocre, que, por una vez, ella me tomaría en serio.
Recogí el cuchillo y corté mis muñecas una vez más mientras gritaba:

¡Escúchame, Satán! ¡Oh, Príncipe, yo te invoco!
El tiempo pareció detenerse durante un instante. Unos pasos retumbaron en mi cabeza. Me desmayé. 

Había dejado demasiada de mi sangre en este proyecto.



En el nombre del Padre

Seguía en el exilio desde que me rebelé contra su mandato, pero hoy, mi Padre me había hecho llamar a su presencia.
Arrodillado ante su imponente figura, él se acercó hasta mí, me levantó y, sin decir una palabra, me abrazó con fuerza. 
Sentí un escalofrío, pero no dudé mientras desenvainaba mi daga y se la hundía en el costado.
-¿Lo recuerdas, Padre? Me dijiste que jamás podría cambiar, que estaba en mi naturaleza. Una vez más, tenías razón.
-Así está escrito. Ahora es tu hora, hijo mío. Sus profundos ojos se cerraron y desapareció entre mis manos.
Los ángeles alzaron sus espadas en señal de respeto.
A lo lejos se escuchó la primera trompeta.




Gracias

Hoy quiero agradecerte 
que estuvieras a mi lado,
en los buenos, y sobre todo,
en los momentos malos.


Que me hayas ayudado
a gritar muy bajito,
a susurrar a voces
a soñar profundo,
a quererlo todo,
a descubrir que hay mundos
más reales que éste.


Que me empujaras
a no sentir más miedo
que el que me permito,
a expulsar mis demonios,
a luchar por mí,
y a no rendirme
ni ante la evidencia.


Gracias, poesía
cirugía del alma




jueves, 24 de diciembre de 2015

Pesadilla


Dejé a Angela y al bebé y me dispuse a preparar la cena.
Cuando volví al salón la encontré subida al balcón con el niño en brazos.
-lo siento -dijo
y se arrojó al vacío.
Sabía que no podía estar ocurriendo,
sabía que sólo era una maldita pesadilla.
Hacía meses que habían muerto
pero yo, no era capaz de despertar.




Había una vez

Había escrito cien veces: te quiero.
Había cubierto la habitación con cien ramos de rosas, había esperado cien veces bajo la lluvia, había dibujado cien corazones enlazados, había afirmado cien veces que yo era la mujer de su vida. 
Me había puesto la mano encima sólo una vez...
y fue suficiente.




La verdad universal

A los siete años cimentaba mi niñez en torno a una máxima: lo que mi madre me contara debía ser considerado como una verdad universal.
Con este axioma bajo el brazo, cuando me dijo que tuviera cuidado mascando chicle porque si me lo tragaba se acabaría pegando en las tripas y moriría, yo; lo creí a pies juntillas.
Al día siguiente, me levanté con ganas de vivir al límite, así que decidí gastar mi paga en un montón de chicles "bazooka". Mi objetivo era crear el globo más grande de la historia y, tal vez, lograr elevarme unos cuantos centímetros del suelo.
Estuve un rato mascando y pensé que lo mejor sería dar un gran salto e hinchar el globo al mismo tiempo. Cuando aterricé; me tragué aquella enorme bola de chicle.
Comprendí que mi destino estaba sellado pero como no quería molestar a nadie me senté en mi sillón favorito y me dispuse a esperar la muerte. Esperé, esperé y esperando me quedé dormido.
Cuando desperté, miré a mi alrededor y, al descubrir que seguía en casa, corrí a la cocina a abrazar a mi madre. Estaba tan contento de seguir vivo que no me importó que mi madre me hubiera engañado.
El lunes, jugando en el patio del colegio, los mayores me dijeron que los Reyes Magos no existían. Tampoco me importó.
Mientras pudiera abrazar a mi madre, todo mi mundo seguiría estando en su sitio.


Tres veces

Ni dos, ni cuatro...tres veces.
Es un método que utilizan a menudo en los anuncios de televisión. Repetir tres veces la misma idea en un corto período de tiempo. 
La primera vez puede que ni la oigas, la segunda quizá no la entiendas pero, la tercera vez que la escuches, esa será la que te llegue. En ese momento, tu subconsciente la memorizará por completo y la asimilará como verdadera...
Alguien me agarró del brazo arrancándome de mis pensamientos.
-¡Tenemos que hablar!
Le dije que me soltara pero él me sujetó aún con más fuerza.
-¡Hemos terminado!¡No tenemos nada de qué hablar!
Sacó una navaja y me la clavó en el estómago, gritando:
-¡Estás muerta! ¡Muerta, me oyes! ¡Muer...!
Mientras me derrumbaba, en lugar de intentar taponar la herida, me tapé los oídos. Pensé que si conseguía no escucharla por tercera vez, aquella idea no se grabaría en mi cerebro como una irremediable certeza.
Me quedé en aquel callejón en compañía de mis sombras repitiéndome a mí misma: Vivirás, vivirás...




Ninguna tontería


A mi padre le gustaba picarme soltando esta frase cada vez que tenía ocasión:
"Tonterías de mujeres", decía a sabiendas que yo saltaría como un resorte replicando: "Tonterias de hombres".
No decía aquello con ninguna intención reivindicativo feminista, tenía cuatro años y eso me quedaba muy lejano, simplemente creía que así estaba defendiendo a mi madre. Con mi frasecita siempre conseguía provocar un jolgorio generalizado y yo podía volver a mis cosas con la sensación del deber cumplido.
Con el tiempo comprendí que "tonterías de mujeres" no era sólo una frase para echarnos unas risas. Mi padre realmente se creía en posesión de una autoridad moral superior a la de mi madre.
Vivía encadenado a ese machismo patriarcal heredado de nuestra historia y reafirmado, aún más si cabe, durante los años de la dictadura franquista.
Le odié, por ello, y después, aún peor, acabé ignorándole.
Hoy, casi un año después de su muerte, le echo de menos. Reconozco que, a su manera, adoraba a mi madre aunque nunca supo expresarlo ni con gestos ni con palabras.
Sólo espero que su recuerdo me ayude a enseñarle a mi hijo que los hombres no somos mejores que ninguna mujer y que me sirva para no dejar escapar ninguna ocasión de expresar a los míos todo lo que les quiero y lo que los necesito.
Por cierto; os amo.


The Nuevo
Ilustración: Ana Cobos

domingo, 20 de diciembre de 2015

Donde viven los poemas

Buscando el lugar
donde habitan
los poemas
recorrí
los caminos,
en vano
para,
por fin,
descubrir
que todos
viven en ti,
y tú a mi lado.