Seguía en el exilio desde que me rebelé contra su mandato, pero hoy, mi Padre me había hecho llamar a su presencia.
Arrodillado ante su imponente figura, él se acercó hasta mí, me levantó y, sin decir una palabra, me abrazó con fuerza.
Sentí un escalofrío, pero no dudé mientras desenvainaba mi daga y se la hundía en el costado.
-¿Lo recuerdas, Padre? Me dijiste que jamás podría cambiar, que estaba en mi naturaleza. Una vez más, tenías razón.
-Así está escrito. Ahora es tu hora, hijo mío. Sus profundos ojos se cerraron y desapareció entre mis manos.
Los ángeles alzaron sus espadas en señal de respeto.
A lo lejos se escuchó la primera trompeta.

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