El mensaje era claro, conciso, breve y letal. No insistas, decía.
No iba a dejarme acojonar a estas alturas. Estaba desesperado y, para mí, cualquier cosa similar a un plan, por descabellado que fuese, era lo más parecido a una gran idea.
Éste, sin lugar a dudas, era el plan más descabellado que se me había ocurrido jamás.
Necesitaba creer que existía una salida, que no iba a pasar toda mi vida siendo el mismo jodido mediocre, que, por una vez, ella me tomaría en serio.
Recogí el cuchillo y corté mis muñecas una vez más mientras gritaba:
¡Escúchame, Satán! ¡Oh, Príncipe, yo te invoco!
El tiempo pareció detenerse durante un instante. Unos pasos retumbaron en mi cabeza. Me desmayé.
Había dejado demasiada de mi sangre en este proyecto.

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